El desarrollo acelerado de la inteligencia artificial ha provocado opiniones encontradas en distintos países, donde algunas personas destacan sus beneficios cotidianos y profesionales, mientras otras advierten sobre la pérdida de capacidades humanas, el impacto ambiental, los empleos y la falta de controles suficientes.
El debate cobró fuerza ante los llamados de directivos de algunos de los principales laboratorios tecnológicos de Estados Unidos para desacelerar de manera coordinada el desarrollo de sus sistemas más avanzados. La discusión también plantea si las empresas pueden supervisarse por sí mismas o si los gobiernos deben establecer políticas y leyes obligatorias.
En Chile, la estudiante de publicidad Catalina Cruz, de 19 años, consideró que la inteligencia artificial “nos está haciendo más estúpidos” porque algunas personas ya no piensan por sí mismas. También expresó preocupación por el consumo de agua asociado con esta tecnología y sostuvo que necesita regulación.
Sin embargo, Constanza Medel, terapeuta ocupacional de 29 años, describió la IA como un beneficio cuando se utiliza con precauciones. En Italia, la arquitecta Frida Awrohum señaló que las herramientas le aportan ideas en el ámbito profesional, aunque todavía le generan temor cuando piensa en su vida privada.
En Indonesia, la estudiante Astrid Anindya explicó que emplea distintos chatbots para buscar información y redactar solicitudes de empleo. Al mismo tiempo, reconoció que estas herramientas pueden ofrecer datos incorrectos, por lo que acostumbra contrastar sus respuestas entre diferentes sistemas.
En Estados Unidos, algunas de las preocupaciones se concentraron en el futuro del trabajo. La ingeniera de software Lucy Pen relató que en su entorno laboral los agentes de IA ya realizan tareas que antes correspondían a personas, mientras que otros entrevistados consideraron que la tecnología puede ser útil si se evita que caiga en manos equivocadas.
Las demandas de regulación también aparecieron en China, Francia e Israel. En Shanghái, Xie Zongbo defendió una adopción gradual que permita reducir los impactos negativos; en París, Romain Hamel advirtió que el desarrollo avanza más rápido que la capacidad de la sociedad para evaluar sus consecuencias.
En Israel, el ingeniero de software Tal Reinfeld planteó que cada país puede contar con su propia autoridad, pero que los riesgos de la inteligencia artificial requieren acuerdos globales. La preocupación central, compartida por varios de los testimonios, es cómo aprovechar sus beneficios sin perder la supervisión humana ni permitir abusos.
