Dos libros recientes de Fernando Solana Olivares muestran caminos distintos de su escritura: La canción de las hojas, una exploración ensayística de la naturaleza y sus símbolos, y Péguese mi lengua, una narración histórica vinculada con Miguel Miramón, Concepción Lombardo y el Segundo Imperio mexicano.
En La canción de las hojas, la hoja funciona como punto de partida para enlazar temas como la conciencia, el lenguaje, la escritura, el paso del tiempo y la vida. El libro recorre sus distintas formas y significados, desde la imagen bíblica de la higuera hasta las hojas de un diccionario, una ruta ferroviaria o un libro.
La reflexión también se extiende a la historia de la escritura y al cuerpo: las hojas vegetales aparecen como antiguos soportes de palabras, mientras que una postura de yoga convierte la figura de la hoja en una imagen de recogimiento. La obra propone así una mirada en la que naturaleza, pensamiento y expresión se encuentran.
Péguese mi lengua se desplaza hacia la narrativa. Su episodio inicial presenta a Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía camino al Cerro de las Campanas, donde serían fusilados el 19 de junio de 1867. La escena incorpora a Concepción Lombardo, esposa de Miramón, y reconstruye el trayecto de los condenados desde las horas previas hasta su llegada al lugar de ejecución.
El pasaje combina el relato de los últimos momentos de los tres hombres con detalles del amanecer en Querétaro y referencias históricas, religiosas y astronómicas. La mirada se detiene también en las diferencias entre los condenados: la serenidad de Maximiliano y Miramón, y el esfuerzo de Mejía por avanzar con dignidad pese a su reciente enfermedad.
Leídos en conjunto, ambos títulos muestran una escritura que observa la belleza desde registros distintos: como una idea que puede surgir de un objeto cotidiano y como una cualidad de la prosa narrativa. En uno, la hoja abre una reflexión sobre el mundo; en el otro, la memoria histórica se convierte en el escenario de una historia humana.
