Reportes y análisis recientes señalan que la barrera principal para acelerar la transición energética en México es la red de transmisión: sin capacidad para transportar la electricidad desde polos generadores hacia centros de consumo, la instalación de parques eólicos y solares, así como el despliegue de cargadores eléctricos y de infraestructura industrial, se topa con límites operativos.
La Comisión Federal de Electricidad presentó en 2026 un portafolio de obras centrado en fortalecer líneas y subestaciones para 2026‑2027, un reconocimiento explícito de que aumentar megavatios de generación no basta si la red no puede entregarlos donde se necesitan.
Analistas y organismos internacionales han alertado que la planificación, permisos y construcción de nueva transmisión suelen tardar años; esa discrepancia temporal hace que proyectos de generación queden en listas de espera o enfrenten congestión en las conexiones, encareciendo inversiones y retrasando beneficios de la energía limpia.
En varias regiones del país se han registrado cortes y limitaciones que ejemplifican el problema operativo: la falta de enlaces robustos obliga a medidas de emergencia y compromete la confiabilidad en picos de demanda, especialmente durante olas de calor y en zonas con rápido crecimiento industrial.
Resolver el cuello de botella requiere no solo obras físicas, sino agilizar trámites, coordinación entre planificación y operación, financiamiento y tecnologías que aumenten la capacidad efectiva de las redes existentes (por ejemplo, almacenamiento y herramientas de gestión de flujo). Sin estos elementos, la transición corre el riesgo de frenar por razones de infraestructura, no por falta de generación.
La magnitud de los proyectos de transmisión y su calendario de ejecución serán determinantes para que la electrificación —clave para la descarbonización y la competitividad industrial— deje de ser un objetivo teórico y pase a condiciones reales de suministro y confiabilidad.

