El término “limbo” proviene del latín limbus, que significa “borde” o “orla”. En la tradición cristiana se usó para describir estados intermedios del más allá en los que, sin castigo eterno, las almas carecían de la visión beatífica de Dios.
Históricamente se distinguieron al menos dos variantes:
- Limbus patrum: el lugar o estado donde se suponía que aguardaban las almas justas anteriores a la redención de Cristo, hasta que fueron liberadas por la obra salvífica de Jesús.
- Limbus infantium (o limbo de los niños): la hipótesis sobre el destino de los niños que morían sin recibir el bautismo y, por tanto, conservaban la marca del pecado original sin culpa personal.
Aunque pudo aparecer de forma extendida en la teología medieval y en la piedad popular, el limbo nunca fue definido como dogma de la Iglesia católica. Desde el Concilio Vaticano II y en la liturgia y catequesis posteriores su presencia fue quedando en desuso y el discurso teológico actual suele enfatizar la misericordia y la esperanza de Dios para los no bautizados.
En 2007, la Comisión Teológica Internacional publicó un estudio sobre la suerte de los niños que mueren sin bautismo en el que consideró que la teoría del limbo no es la única manera de entender la situación y subrayó la posibilidad de confiar esos casos a la misericordia divina. Ese documento no crea una nueva definición dogmática, pero sí marcó un cambio en el tono pastoral y teológico usado por la Iglesia.
Hoy la discusión sobre el limbo se ubica más en el terreno de las opiniones teológicas permitidas que en el de las enseñanzas obligatorias. En la práctica pastoral contemporánea se favorecen fórmulas de esperanza y oración por los difuntos, evitando descripciones dogmáticas que ya no tienen el mismo peso que tuvieron en siglos pasados.
Fuera del lenguaje teológico, «estar en el limbo» se ha convertido en una metáfora cotidiana para describir situaciones de incertidumbre, suspensión o estado indefinido.

