En su columna, Yuriria Iturriaga sostiene que el programa Sembrando Vida debe transformarse —sin perder su nombre— en una estrategia para devolver las tierras de los ejidos y las comunidades a sus herederos y reorientar la producción hacia policultivos regionales. Según la autora, esa transición permitiría priorizar la seguridad alimentaria y las prácticas agrícolas tradicionales por sobre los monocultivos destinados principalmente a la exportación.
Iturriaga critica la dependencia en modelos agrícolas mecanizados y la cultura del alimento procesado, y plantea que un retorno a sistemas como la milpa mesoamericana sería socialmente viable y tendría amplio respaldo popular, aunque chocaría con intereses económicos consolidados en el mercado de comida chatarra.
La columna también subraya la importancia de que las políticas públicas apoyen la transformación de los ejidos y promuevan policultivos que satisfagan primero las necesidades locales, con excedentes que, en caso de existir, puedan acceder a mercados externos como productos de nicho.
La autora concluye con una llamada a la acción: ante los retos globales y la pérdida de memoria histórica, propone insistir en proyectos colectivos que protejan la tierra, la soberanía alimentaria y la diversidad productiva.

