La ruta hacia La Lagunilla comienza entre cantinas, mercados y avenidas que conservan nombres ligados a la historia de México. Desde el Eje 1 Oriente, que en este tramo lleva el nombre de Vidal Alcocer, el recorrido avanza hacia Granaditas y López Rayón, entre puestos comerciales que forman un corredor intenso alrededor del barrio.
La zona que hoy se reconoce como La Lagunilla fue, en tiempos prehispánicos, un territorio de pantanos, chinampas y canales navegables. La acequia de Tezontlalli conectaba el lago de Texcoco con la laguna de Atezcapan, un antiguo atracadero comercial ubicado aproximadamente en el área que ocupa actualmente el barrio.
Entre puestos, mercados y arquitectura histórica
El paisaje contemporáneo está marcado por lonas, estructuras y cientos de comercios que convierten las banquetas en un pasaje cubierto. En medio de ese flujo aparece el Mercado de Granaditas, especializado en calzado y diseñado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez. El inmueble fue inaugurado en 1957 y forma parte de la historia comercial de Tepito y La Lagunilla.
Al salir hacia el Callejón de Ecuador, antiguo Callejón de Puentecitos, el entorno cambia. Allí se encuentra una casona de rasgos barrocos, con muros rojizos, pilastras de cantera, un nicho sobre la entrada y un torreón que sobresale por encima del primer piso. La tradición señala que fue construida a mediados de la década de 1520 y que estuvo relacionada con Hernán Cortés y Malintzin; posteriormente funcionó como Casa del Diezmo y fue ocupada por una orden religiosa.
Desde 1992, el inmueble alberga una fundación dedicada a apoyar a niñas y niños en situación de abandono. Su presencia contrasta con el movimiento comercial de las calles y muestra la convivencia de distintas épocas dentro del mismo barrio.
De Peralvillo a las historias de la música mexicana
El recorrido continúa por Peralvillo, una calle vinculada con la antigua calzada de Tepeyac. En su trayecto hacia Tepito aparecen referencias a personajes de la cultura popular, como el cantante Marco Antonio Muñiz, quien durante sus primeros años en la Ciudad de México vivió en una vecindad de la calle Libertad.
La misma zona también guarda una historia relacionada con el compositor Álvaro Carrillo. Según la anécdota, el músico conoció a Ana María Incháustegui durante una celebración familiar el 17 de febrero de 1957. La relación se consolidó con el tiempo y Carrillo le compuso varias canciones, entre ellas “Sabor a mí”, uno de los boleros más conocidos de la música mexicana.
Así, La Lagunilla aparece como un espacio donde las capas de la ciudad se superponen: los antiguos canales, las rutas comerciales, los mercados, las casas históricas y las memorias de quienes encontraron en sus calles un punto de partida. El barrio permanece como una geografía viva del Centro Histórico, entre el bullicio cotidiano y las historias que todavía esperan ser contadas.
